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La cruzada española contra el cáncer más agresivo – Los Joseles
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La cruzada española contra el cáncer más agresivo

La gran mayoría de los afectados no supera el año de vida tras el diagnóstico de glioblastoma Varias investigaciones españolas dejan vislumbrar un futuro más esperanzador

Fuente: American Brain Tumor Association (ABTA), European Society for Medical Oncoloty (ESMO), Roche

‘Quimio’, ‘radio’, tratamientos hormonales, anticuerpos monoclonales, inmunoterapia… En las últimas décadas, el arsenal contra el cáncer no ha dejado de crecer. Gracias a esta continua mejora, el tratamiento de la enfermedad ha vivido una auténtica revolución y muchos tumores han dejado de suponer una sentencia de muerte para alcanzar unas tasas de curación de hasta el 90%.

Sin embargo, hay ‘pequeñas aldeas galas’ que han resistido a todos los envites, que parecen tener un blindaje especial ante los tratamientos. El glioblastoma es una de ellas. A día de hoy, no existe una terapia efectiva contra este tumor cerebral, que es muy agresivo y no da opciones a los afectados. La gran mayoría no supera el año de vida tras el diagnóstico, porque el cáncer, tenaz, siempre resiste.

Sus escudos, pese a todo, podrían empezar a resquebrajarse. Varias investigaciones españolas han abierto recientemente huecos en esa barrera que parecía inexpugnable y dejan vislumbrar un futuro más esperanzador para los enfermos.

El más prometedor de esos trabajos lo firman Juan Fueyo y Candelaria Gómez-Manzano, un matrimonio de neurólogos españoles que, desde mediados de los años 90, trabaja en el MD Anderson Cancer Center de Houston (EEUU). Tras más de tres lustros de trabajo, la pareja ha demostrado algo que, aunque suena a ciencia ficción, es realidad: el principal enemigo del glioblastoma podría ser un virus del resfriado.

Los investigadores han modificado genéticamente un adenovirus (denominado Delta24-RGD) para que, al ser inyectado en el tumor, infecte únicamente a las células malignas. Esa infección, explican Fueyo y Gómez-Manzano, es capaz de ‘despertar’ al sistema inmunológico para que «como si fuera un dragón en una tienda de cerámica» localice y destruya todas las células ‘marcadas’. «El paciente se autocura», explican, casi al unísono, Fueyo y Gómez-Manzano a través del teléfono, aunque enseguida advierten que no han conseguido que el tratamiento sea efectivo en un porcentaje elevado de los casos.

Aun así, sus resultados son apabullantes. El tratamiento redujo el tamaño de los tumores en un 72% de los 25 pacientes que participaron en el ensayo clínico que acaban de publicar y un 20% logró sobrevivir entre tres y cinco años, cuando lo habitual en su situación es «que la supervivencia se mida en semanas». Todos ellos se habían sometido previamente a cirugía, radio y quimio, pese a lo cual el tumor había vuelto a reproducirse.

Ahora el matrimonio está intentando aumentar el número de enfermos que puedan beneficiarse de la estrategia y una de las vías que manejan es combinar el uso de virus con fármacos inmunoterápicos que multipliquen la respuesta inmunitaria. Hasta ahora, ninguna inmunoterapia había resultado efectiva contra el tumor cerebral.

«Si conseguimos controlar al sistema inmune para que detecte y destruya el cáncer será un gran logro. Y no es sólo un anhelo, ya tenemos evidencias de que esa arma se puede conseguir», subraya Fueyo.

Un cáncer diferente a los demás

El glioblastoma es un tipo de cáncer muy particular, diferente al resto tanto en sus características como en la forma de ‘comportarse’. Se sabe, por ejemplo, que pese a su agresividad casi nunca genera metástasis: no se disemina al resto del organismo. En cambio, gracias a que algunas de sus células se parecen mucho a las células madre, tiene una gran capacidad para regenerarse e invadir el tejido cerebral una y otra vez. Como las malas hierbas, parece que nunca muere.

El Grupo de Telómeros y Telomerasa del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) ha descubierto, sin embargo, una técnica que podría bloquear esa habilidad para renacer de sus cenizas. De momento, han probado su efectividad en ratones, pero los resultados de los experimentos, publicados en la revista científica Cancer cell, permiten ser optimistas.

En concreto, el equipo liderado por María Blasco, la directora del centro, ha demostrado que actuando sobre TRF1, una proteína esencial en la estructura que protege los telómeros y que está sobreexpresada en el glioblastoma, se consigue bloquear el crecimiento del tumor. Los investigadores consiguieron inhibir la acción de TRF1 en modelos animales tanto mediante ingeniería genética como utilizando fármacos, y, en ambos casos, se consiguió reducir el crecimiento y el tamaño de los tumores, así como aumentar la supervivencia de los ratones tratados.

Atacar a los telómeros puede ser una estrategia útil contra el glioblastoma, explica Leire Bejarano, investigadora del CNIO y primera firmante del trabajo. «Los telómeros son unas estructuras que se encargan de proteger a los cromosomas», dice. «Cuando son muy cortos o están dañados, las células no pueden seguir dividiéndose; por eso, si atacamos a los telómeros de una célula cancerígena, ésta no podrá crecer más y se frenará el tumor».

La investigación no encontró ningún efecto negativo sobre las capacidades neuromusculares, de memoria u olfativas de los ratones. Según explicó Blasco, esto»refuerza la idea de que estamos ante una nueva ventana terapéutica para el abordaje de este tumor cerebral». A día de hoy, el grupo ya trabaja en la evaluación de inhibidores de TRF1 desarrollados en el CNIO, así como en la búsqueda de otras moléculas que tengan el mismo efecto.

Un tipo de tumor poco frecuente

El glioblastoma no es muy frecuente. En nuestro país, se diagnostican unos 1.300 casos al año -la mayoría en personas de mediana edad-, y su perfil es tan heterogéneo que a los investigadores les resulta complicado establecer un patrón común de abordaje.

Es un tumor con una tremenda capacidad para mutar, ocultarse y volver a renacer. Y gran parte de su ‘poder’ radica en que está localizado en un órgano ‘especial’ para el organismo humano. Por eso, Nuria de la Iglesia, investigadora del grupo de Genómica Traslacional y Terapias Dirigidas en Tumores Sólidos del IDIBAPS (Barcelona), está convencida de que para atacar al glioblastoma lo primero que hay que hacer es entender cómo funciona el cerebro.

«Creo que este tipo que cáncer hay que estudiarlo desde el punto de vista de la Neurociencia«, afirma. «Ahí están muchas de las respuestas que buscamos porque el tumor se origina en las células del cerebro, que tienen características muy peculiares y son diferentes al resto».

Por ejemplo, explica la investigadora, «sabemos que son células muy plásticas, que no son estáticas y cambian en respuesta al ambiente o a la presión de la terapia». En ese sentido, su equipo ha identificado una proteína que está implicada en la resistencia a la radioterapia que presentan muchos tumores.

Los glioblastomas, explica De la Iglesia, tienden a evolucionar de un subtipo hacia otro y estos cambios guardan mucha relación con la aparición de ‘escudos’ frente a los tratamientos. La proteína que han identificado, GPR56, está muy expresada en los subtipos menos agresivos del tumor, inhibe la transición a subtipos más letales y, asimismo, también sirve de bloqueo para la aparición de resistencias a la radioterapia. Por tanto, continúa, esa proteína «podría servir en el futuro como una herramienta diagnóstica que ayude a predecir la respuesta al tratamiento» así como proporcionar una vía para eliminar los escudos que utiliza el glioblastoma para protegerse.

Intento de blindaje

También en el Instituto de Neurociencias de Alicante han encontrado recientemente un camino para, en el futuro, intentar resquebrajar el blindaje del tumor. En concreto, han identificado un mecanismo que permite al cáncer cerebral escapar del sistema inmune y seguir invadiendo el tejido sano.

Según sus datos, publicados en la revista Oncotarget, el glioblastoma se vale de unas células denominadas pericitos que rodean los vasos sanguíneos y son claves para activar las defensas del organismo. «Hemos descubierto que el tumor inhibe la respuesta inmunitaria del cerebro deformando los pericitos. Consigue hacerse invisible a través de esta vía», explica Salvador Martínez, líder del grupo.

El grupo trabaja ahora para encontrar fármacos que «eviten esa interacción» porque «sabemos que si el sistema inmune reconoce el tumor, acaba con el glioblastoma en muy poco tiempo».

Todos los investigadores se muestran cautos. Todos recuerdan que sus trabajos necesitan aún mucho que demostrar antes de llegar a las consultas. Y todos subrayan que el glioblastoma ya ha tumbado a fármacos que prometían un pronóstico mejor para los pacientes. Pero también se muestran esperanzados con lo que ha traído -«y traerá»- la ciencia:

«Hasta ahora ningún tratamiento había conseguido hacerle ni cosquillas al tumor», expone De la Iglesia. «Pero estoy convencida de que a partir de ahora vamos a ver cosas interesantes. Sobre todo el descubrimiento de Fueyo y Gómez-Manzano tiene un gran potencial», insiste.

El glioblastoma «es una de las últimas fronteras«, una de las fortalezas contra las que menos progresos se han conseguido en estos años, reconoce Fueyo. «Pero estamos empezando a descubrir sus puntos débiles». Quizás la ‘aldea gala’ tiene, por fin, los días contados.

Fuente
El Mundo

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