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Forrado, pero ‘pobre’: la vida austera del ‘hacker’ de los 10.000 millones

El 'ciberdelincuente' más buscado del mundo desde hace cuatro años planeaba crear una nueva criptomoneda para blanquear dinero a la mafia rusa

Cae en España el mayor ciberladrón, acusado de robar hasta 10.000 millones E.M

Amasaba miles de millones, pero vivía en un piso normal y corriente. Había ganado dinero para 100 vidas de rey, pero se llegaba a tirar una semana encerrado en casa, apalancado frente al ordenador. Podía vivir como un narco latino o un mafioso ruso, quemando billetes y desayunando champán, pero habitualmente pasaba sus días en la oscuridad, como el clásico friki de los ordenadores.

Es Denis K., ucraniano, 34 años y el ciberatracador más importante del mundo… hasta el pasado 9 de marzo, cuando fue detenido por la Policía Nacional, en una operación conjunta con el FBI, Europol e Interpol, después de cuatro años penetrando en bancos y robándoles, forzando a los cajeros a escupir cash, o mediante falsas transferencias.

Su sistema consistía en atacar los sistemas informáticos de los bancos con el virus Carbanak, controlar sus cajeros y tener a mulas dispuestas a recolectar los billetes a los que él ordenaba salir en tropel. También ordenaba transferencias a cuentas fantasma. Su botín terminaba siempre en bitcoins cuyas claves ahora se intentan desentrañar para recuperar el dinero: 1.000 millones de dólares hasta 2015; 10.000, quizá, hasta ahora.

Denis era un idealista con veleidades libertarias. En sus primeras declaraciones a la Policía, con la que se mostró colaborador -él mismo admitió haber penetrado en los sistemas de entre 300 y 400 bancos, siempre de Rusia-, siguió el clásico guión de los hackers antisistema: «Yo robo a bancos, nunca a personas», dijo, presentándose como una suerte de Robin Hood cibernético.

Los agentes españoles, que llevaban tres largos años pisándole los talones, no pudieron evitar cierta admiración ante K. por su «altísima» formación y por lo sofisticado de una organización -K. cambiaba de servidor cada día y cifraba todas sus comunicaciones- que hacía escupir dinero a cajeros de 40 países, y que desde 2014 pudo amasar, en la estimación más alta, hasta unos 10.000 millones de dólares. Era capaz de penetrar en «todos los bancos rusos, excepto el estatal, al que no quiso atacar», y de conjugar con éxito una parte física y otra tan sólo digital.

Cómplices que no se conocen

Sobre esta última, un apunte espectacular que da la medida de lo difícil de investigar esta clase de delitos: el propio Denis K. admitió a los agentes españoles que, de los otros tres líderes de la organización, a dos de ellos no les ha visto jamás la cara. «Nunca llegaron a coincidir físicamente. Es un cambio de paradigma, ya no necesitan ni conocerse entre ellos, con la confianza que adquieren en Internet les vale», dicen los agentes de la Unidad de Investigación Tecnológica, que se ganaron ayer las felicitaciones de Interpol y del ministro Zoido: «La Policía española está entre las mejores del mundo en el capítulo de la ciberdelincuencia».

Tampoco ellos habían visto físicamente a Denis K. hasta que entraron en el piso que compartía con su mujer y su hijo en San Juan (Alicante). Primero entró el agente más voluminoso, que inmovilizó convenientemente al ciudadano ucraniano (se duda ahora si en realidad es ruso) en espera de una resistencia mayor… Pero el ciberdelincuente más buscado del mundo desde 2014 resultó ser un tirillas de 50 kilos.

Un delgaducho, eso sí, con planes muy grandes: Denis K., que «hacía lo que hacía para burlar las barreras, no por el dinero, sólo por el reto de ganarle al sistema», planeaba ya otro negocio aún más potente: crear una criptomoneda de nuevo cuño para blanquear dinero de la mafia rusa. «Su reto era crear algo grande, ése era su objetivo, no patrimonial, sino técnico», explican los agentes que le detuvieron, precisamente, el día de su cumpleaños. Denis K., que como mucho había adquirido un par de coches de alta gama y ropa de marca con los millones amasados, trae tras de sí un pasado que quizás explique su vida austera: pasó varios años en cárceles siberianas donde, explicó a los agentes españoles, «algunos días había cinco cadáveres».

Ahora deberá acomodar su austeridad a la celda de Soto del Real mientras sus tres ex compinches, aún no arrestados, «probablemente van a seguir con el negocio, porque tenían un malware nuevo casi listo para seguir robando. Esto no se acaba aquí», dicen los agentes.

Fuente
El Mundo

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