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El pelirrojo soplón de Cambridge Analytica

Vegano, gay, hiperactivo... así es el pelirrojo soplón de Cambridge Analytica

Tiene un consejo: que la gente sea un poco más escéptica. Christopher Wylie, de 28 años, sonríe. No quiere decir que no confía en nadie. Se considera ante todo un científico de datos. Soldado de la guerra cultural de Steve Bannon, el ex jefe de Estrategia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Voluntario, de adolescente, en las campañas de políticos canadienses.

Llevaba una vida tranquila desde principios de 2015 en Canadá hasta hace unos días. Ahora es el último gran soplón (o arrepentido), que ha dejado boquiabierto al mundo tras detallar cómo creó Cambridge Analytica, la empresa de análisis de datos que manipuló a votantes estadounidenses que acabaron votando a Trump y a votantes británicos que se decidieron a apoyar el Brexit.

Con Bannon de jefe y 15 millones de dólares del inversor republicano Robert Mercer, Christopher Wylie acaba de explicar en un artículo en The New York Times y en el Observer, la edición dominical de The Guardian, cómo se hicieron con información de más de 50 millones de usuarios de Facebook que viven en Estados Unidos. Sin su consentimiento ni conocimiento. Todo para manipularlos. Contratada más tarde por el equipo de campaña de Trump, Cambridge Analytica se defiende amparándose en los márgenes borrosos de la legalidad: no se han violado las condiciones de Facebook. Mientras, estos días las acciones de la red social han caído en picado en la Bolsa. Y los usuarios se revuelven. ¿Es la última excusa para por fin darse de baja?

Wylie se siente culpable, no para de darle vueltas a las cosas, indignado, confundido. Relata lo sucedido como si se tratara de una estrategia dentro de un juego de mesa de guerra. En realidad, para él lo es. Hasta que llega a la parte de cómo analizó los datos de los usuarios de Facebook. Entonces se anima. Las tendencias. Las reacciones. En el fondo, no ha hecho más que otras empresas: sólo que de una forma más sofisticada, con análisis de la información, y sin duda de un modo más eficaz. Aplicando sobre todo sistemas militares a las redes sociales.

Gay, vegano, millenial, pelirrojo -color de pelo en el que nos hemos fijado todos al verlo-, de ojos claros, con un aro en la nariz y otro en la oreja derecha, utilizó su experiencia en codificación y datos para hacerse con información personal de los votantes de EEUU y bombardearlos con anuncios políticos personalizados. Detectó sus puntos débiles. Qué podía hacerles cambiar sus opiniones. Hasta pensar y hacer lo que él quisiera. La clave: las tácticas de guerra. Pero en internet.

Todos culpan a todos

¿Víctimas, verdugos, cooperadores necesarios? ¿O sencillamente la opinión pública se ha vuelto idiota y somos muy fáciles de manipular? Facebook, Cambridge Analytica, congresistas y votantes se echan mutuamente la culpa de lo ocurrido. De momento, Edward Snowden, el gran soplón que filtró información sobre los programas de vigilancia de EEUU en cooperación con las compañías de telecomunicaciones y gobiernos europeos, también participa en el debate a través de su cuenta de Twitter: «Facebook gana dinero a través de la explotación y venta de detalles íntimos de las vidas privadas de millones (de personas), mucho más lejos de los detalles escasos que se publican de forma voluntaria. No son víctimas. Son cómplices», indicó Snowden, cuya filtración en 2013 desveló que Washington tenía pinchado el teléfono de la canciller alemana Angela Merkel, entre otros políticos.

«Es algo que lamento», explica ahora Wylie. «Es un experimento sumamente inmoral porque se juega con la psicología de un país entero sin su consentimiento o conocimiento». ¿Son creíbles sus disculpas? ¿Su propósito de enmienda? ¿O simplemente apuesta por la tradicional vía rápida estadounidense de asumir el error, pedir perdón y pasar página lo más pronto posible?

En esta ocasión, puede que no sea tan sencillo. Sus decisiones se han convertido en el eslabón de una cadena más grande que hace tambalearse todavía más los cimientos del establishment en EEUU.

De momento, va a testificar ante el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, al cual además ha aceptado proporcionarle documentación relevante sobre las operaciones. A las preguntas de este grupo de legisladores ya han respondido el director digital de campaña de Trump, Brad Parscale, nombrado gerente de las próximas presidenciales en 2020, y el consejero delegado de Cambridge Analytica, Alexander Nix.

En mayor o menor medida, Wylie lleva desde los 14 años zarandeando el sistema. Crecido en Victoria (capital de la Columbia Británica, provincia de Canadá), su infancia no fue fácil. Con sólo seis años fue víctima del acoso de otro niño en el colegio. Sus padres plantearon el caso ante la dirección del centro pero ésta intentó taparlo, así que acudieron a los tribunales. Fueron tiempos especialmente difíciles para ellos -el doctor Kevin Wylie, médico, y la doctora Joan Carruthers, psiquiatra, que tienen un despacho en la cercana Oak Bay-, conocedores de las consecuencias emocionales que este tipo de procesos legales acarrean en los menores. Tras una batalla judicial de seis años, el caso se cerró con un acuerdo de 290.000 dólares. Y el logro de que el Ministerio de Educación cambiase sus políticas de inclusión ante el bullying. A cambio, no se escapó de crecer rodeado de psicólogos.

Diagnosticado con desorden de atención por hiperactividad y dislexia, Christopher, que pasó por las mejores escuelas privadas de Victoria (Glenlyon y la elitista Pearson College), odiaba el colegio y a los 16 años dejó de ir a clase. Pero no se quedó de brazos cruzados. De adolescente ya hacía de enlace entre el Ayuntamiento de Victoria y el Consejo de Jóvenes de la ciudad y concedía entrevistas a los periódicos de la zona. Por entonces ya ideó un estudio para seguir los intereses de los jóvenes que el Times Colonist elogió en una reseña. Y muy pronto empezó a enviar cartas al director en las que mostraba su interés en el análisis electoral. De entonces data ya una donación suya de varios cientos de dólares a un partido: el Partido Liberal de Canadá.

En la oficina de uno de los políticos de esta formación, el parlamentario Keith Martin, entró como voluntario cuando apenas cumplió los 18 años. Y de Victoria, su ciudad natal, se mudó a Ottawa. En aquel tiempo, cuando Twitter acababa de lanzarse y Facebook llevaba un par de años en funcionamiento, Christopher se zambulló en el mundo de las redes sociales.

Y su carrera continuó. El siguiente salto, también en el campo de la política, lo llevó al Partido Demócrata estadounidense, con el que el joven colaboró para la primera campaña de Barack Obama. Allí aprendió mucho. Se especializó en codificación, utilización de redes sociales, sistemas de identificación de votantes, bases de datos… Quería aplicarlo todo con el Partido Liberal de Canadá. Aunque su sueño se torció. En 2009 le echaron de la oficina del entonces líder liberal canadiense Michael Ignatieff. Su error: apostar por una controvertida técnica para recolectar información…

Con 20 años, Wylie volvió a girar el volante. Se mudó a Londres y empezó a estudiar Derecho en la prestigiosa London School of Economics. Sólo un año después ya logró meter la cabeza de lleno en el mundo de la política: por primera vez empezó a trabajar con un partido mientras lo compaginaba con los estudios. «Me llamaron los Lib Dems [los Liberal Demócratas del Reino Unido]. Querían actualizar sus bases de datos y su sistema de identificar y seguir a los votantes», relata Wylie. «La política es como la mafia. Nunca terminas de irte del todo»… Su puesto como estratega político con cualidades avanzadas en ciencia de datos le permitió conseguir el visado Tier 1 Exceptional Talent, un permiso de trabajo en Reino Unido que sólo se extiende a 200 personas al año. Todo iba viento en popa.

¿Una oferta irrechazable?

¿Y cómo nació Cambridge Analytica, la empresa que lo ha hecho famoso en todo el mundo? En 2013, y gracias a uno de sus conocidos en el Partido Liberal Demócrata, Christopher contactó con el denominado Grupo de Laboratorios de Comunicación Estratégica (SCL por sus siglas en inglés), una consultora británica experta en investigación del comportamiento y comunicación estratégica. Era una oferta imbatible. Su jefe, Alexander Nix, le animó a hacer lo que quisiera. A experimentar. Y cuando meses después conoció en Londres a Steve Bannon, que había ido a ayudar a su amigo Nigel Farage en su misión de sacar al Reino Unido de la Unión Europea, el joven genio y el experimentado asesor político encajaron de inmediato.

Nacía así Cambridge Analytica, rama de la matriz SCL. La clave del nuevo negocio radicaba en cambiar la opinión de los votantes -y en definitiva, aupar a los políticos que ellos quisieran – mediante una estrategia militar ideada por Wylie. Después de que Bannon pidiera financiación a los Mercer, una familia de millonarios republicanos, ya sólo faltaba una cosa: conseguir la información de los votantes. La solución apareció apenas un año después. Se llamaba Aleksandr Kogan.

Psicólogo, investigador de la Universidad de Cambridge, nacido en Moldavia y propietario de la empresa Global Science Research (GSR), Aleksandr Kogan desarrolló una aplicación valiosa. Cobró de hecho un millón de dólares por ella. ¿Cómo funcionaba? La aplicación preguntaba al usuario de Facebook si les permitía acceder a su información privada. Marcaron que sí 270.000 personas. De esa manera, Cambridge Analytica obtuvo los datos de esos usuarios, sí. Pero también los de sus amigos. Se estima que el volumen total de información personal que consiguieron a partir de 2014 corresponde a 50 millones de usuarios de Facebook. Millones de secretos y tendencias para que Wylie las estudiase y supiese cómo bombardearlos con noticias (o fake news) dirigidas a ellos. El objetivo: que pensasen lo que su cliente quería que pensaran.

Más tarde, Wylie se vio obligado, según cuenta a él, a presentar una propuesta al segundo productor de petróleo de Rusia, Lukoil, para que la industria del oro negro también pudiera aprovecharse de sus servicios. Su borrador llegó al consejero delegado, Vagit Alekperov, muy cercano al presidente de Rusia, Vladimir Putin.

Según el relato que ahora hace el supuesto arrepentido, antes de convertirse en el jefe de Investigación de Cambridge Analytica Wylie no tenía ni idea de que iba a meterse de lleno en un entramado de proyectos de Defensa e Inteligencia a través de empresas privadas y cyber weaponry (arsenal cibernético). Pero entonces algo pasó que todavía no ha explicado: Wylie y más de la mitad de su equipo abandonaron Cambridge Analytica a finales de 2014. Antes de que, meses después, Trump anunciara su candidatura. Pero el monstruo ya se había creado. Y empezaba a caminar, aunque ya sin él a bordo.

Ahora Wylie se lamenta por haber rechazado en su día una oferta de trabajo que recibió de la importante auditora Deloitte: «Pienso en ello todo el tiempo. ¿Qué habría pasado si hubiera aceptado el trabajo en Deloitte? Cambridge Analytica no existiría». Y quizá el presidente de Estados Unidos no se llamaría Donald Trump. En todo caso, está claro que Christopher Wylie sabía lo que hacía, independientemente de que fuera o no capaz de calcular la dimensión de las consecuencias. Es probable también que sepa más de lo que ha revelado hasta ahora.

Hace pocos días, Facebook suspendió la cuenta de Wylie junto con las que tiene en Instagram y WhatsApp, aunque un portavoz de esta última lo desmiente. La compañía de Mark Zuckerberg explica que Wylie no ha borrado la información que posee de decenas de millones de usuarios de esta red social y que por eso ha decidido suspender su perfil.

Como respuesta, el pelirrojo ha colgado en Twitter una foto de la cancelación y un mensaje con una buena dosis de humor: «El lado negativo de Facebook también prohibiéndome Instagram es que me pierdo la dosis diaria de las fotos de comida y trampas sedientas #millennial #whistleblower (soplón, en inglés)». El abogado de Facebook, Paul Grewel, ha explicado que «Wylie se ha negado a cooperar» con ellos hasta que no levanten la suspensión de su cuenta. Y ellos no pretenden ceder: «Dado que ha dicho que “explotó Facebook para recolectar los perfiles de millones de personas”, no podemos activar su cuenta de momento».

«En las redes sociales uno se perfecciona. Cuando vamos a algún sitio y apretamos el botón me gusta, estamos dando mucha información sobre la persona que somos. Es muy fácil capturar esta información y meterla en un algoritmo que sabe quién somos rápidamente», advierte Wylie. Y evoca a George Orwell y su 1984. Aunque, en el fondo, quizá nos hayamos convertido más en El señor de las moscas, de William Golding.

Fuente
El Mundo

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