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Del 11-M a un semáforo bajo el puente

"Aquellas bombas me reventaron la cabeza y el alma", dice él cuando se cumplen 14 años del 'zarpazo' que le cambió la vida

Gregorio Mejías, Goyo, la mañana del pasado miércoles junto al semáforo bajo el Puente de los Franceses, en Madrid, donde se gana la vida vendiendo cleenex. SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

Cuando el techo que te protege del frío y la lluvia es un puente. Cuando el semáforo de la esquina es lo único que te queda si quieres llevarte a la boca un bocadillo. Cuando una bomba yihadista ha volado tu vida soñada en un segundo. Cuando eres un tipo como Gregorio Mejías Delgado, Goyo entre amigos, has cumplido 54 años, cargas con dos pulmones como dos globos desinflados, has intentado suicidarte y te has quedado en 50 kilos de huesos y piel, ya no te queda nada que perder.

Aquellas bombas me reventaron entero, la cabeza y el alma. Mira en qué me he quedado…

Hoy se cumplen 14 años de aquel zarpazo. El del 11-M. No se le olvida ni la hora. Eran casi las nueve de la mañana. Y Goyo, como hacía a diario, estaba sacándole brillo a los cristales del campus de Madrid. Esa mañana le tocaba la facultad de Físicas. «¿Has oído? Hay un lío tremendo en Atocha, dicen que hay incluso muertos», le contó alarmado un compañero de faena que seguía las noticias por una radio de bolsillo. Gregorio, recuerda, se quedó agarrotado, tieso de pánico. Su novia desde hacía 10 años y con la que se iba a casar, había salido de Vallecas en Metro rumbo a la estación de Atocha para subirse a un tren de Cercanías. Sería la última vez que Gregorio y Teresa se dieran un beso y un «nos vemos en casa». Ella nunca cogía el tren, iba todos los días en Metro hasta la avenida de América, donde limpiaba oficinas. Pero el día anterior su jefe le había pedido que sustituyera a una compañera en un edificio situado en las inmediaciones del hospital Ramón y Cajal. Le venía bien. Sus planes con Gregorio la obligaban a ahorrar. De modo que si algún día podía echar horas extra, Teresa no lo dudaba. Tampoco si había que trabajar un sábado o un domingo o un día de fiesta.

La mañana del 11-M Teresa se subió a un tren de Cercanías. Era lo más cómodo y rápido para llegar al trabajo extra que le había propuesto su jefe. El suyo era el tren número 21.431. A él se subió la joven en la vía 2 de Atocha. Fueron sus últimos pasos. Nada más arrancar tres bombas convirtieron el ferrocarril en chatarra. Casi a la vez, otros cuatro trenes que viajaban hacia Madrid cargados de viajeros volaron por los aires. El saldo de la masacre: 192 muertos y más de 1.400 heridos. «Al día siguiente», cuenta Goyo, «me desperté llamándola: Maite, Maite, vámonos a trabajar…». La compañera y madre de sus futuros hijos ya sólo era un sueño. Teresa (36 años) había muerto y Gregorio (40), a su manera, también.

El anónimo del andén

Él supo que había perdido al amor de su vida por boca de un viajero anónimo. Aquel hombre, a cuyos pies estaba un bolso del que salía el timbre insistente de varias llamadas, se lo explicaría todo. Con los ojos humedecidos por el recuerdo de aquel momento, Goyo deja por un momento de ofrecer clínex en el semáforo del Puente de los Franceses, su modo de vida desde entonces. Y delante de un café caliente rememora poco a poco las palabras del varón del andén. «”Mire usted, aquí hay un bolso de una chica tirado en el suelo. Ha habido un atentado. No tarde…”». Teresa ya estaba muerta. Y lo que vino después, durante 14 largos años, fue una noche interminable. Física y mentalmente, Goyo se volvió un espectro, era (y es) una víctima más del 11-M, pero hasta ahora no tenía rostro ni biografía en los periódicos.

Fuente
El Mundo

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